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*Por Pedro Báez

Caminaba por Andrés Pazos desde Corrientes en dirección a San Martín zigzagueando en un sinfín de pasos que se confundían en la romería que es esa cuadra un lunes cualquiera, un lunes de marzo o de otoño que es lo mismo, aunque no lo sea por las sensaciones que mueven la memoria de todos los marzos, esas horas en que los sueños resisten en los compañeros que ya no están, pero que insisten entre las calles del tiempo con urgencia de eternidad. Mientras le devolvía una llamada al Toto, un compañero con el que hacia hace rato que no hablaba, lo vi venir, en realidad nos vimos venir. El Monito Guastavino se detuvo y yo avance hacia el, hacia la peatonal. Compañero incansable, eterno militante, cuando lo alcanzo lo palmeo, lo agarro por la espalda y lo obligo a cambiar de rumbo y caminar conmigo mientras apuro la charla con el Toto. Caminamos unos metros y nos corremos a esa especie de jardín que arman los arbustos sobre esa calle semipeatonal. Fue como si los pasos hubieran estado marcados exactamente por un designio para que él, me hiciera entrar -en la complicidad de su historia-, a su larga intimidad lacerada.
El Mono es un personaje, siempre atento a las cosas pequeñas y que uno generalmente no se da cuenta que son las importantes; el Mono siempre prioriza la persona, la política, los principios, los ideales. Siempre respetuoso de la historia -de la nuestra por supuesto-, sabe bien que hay que cagarse en la historia escrita por los que ganan. Quizás por eso, porque el Mono anda siempre con el corazón abierto, me costó darme cuenta que estaba especialmente sensible. Dimos un pequeño rodeo, al tiempo que fijaba los ojos en una caja pequeña de cartón que agarraba y acariciaba con sus manos huesudas. Me la muestra. Veo que está aún rotulada con su nombre, era una pequeña encomienda. “Llevo acá algo especial Pedro, la voz de mi hermano desaparecido despidiéndose de su hijo”. El ajetreo de la calle se volvió indiferente, insignificante, invisible e inaudible. Mierda, parecía que entrabamos en un túnel donde el tiempo se detenía, lo cierto que ya no estábamos ahí. Una suerte de desierto en el mundanal rumor de bancos, precios y ansiedades alienadas por vaya a saber que necesidades.
Estábamos solos en un espiral que nos chupaba hacia el interior de esa caja-agujero negro de la historia. De una historia que sigue en carne viva. Los desaparecidos insisten en una densidad incompatible con la indiferencia. No sé cuantos minutos pasaron. No sabría decirlo, me pareció mucho. Sé que el tiempo pasó con abrumadora lentitud, solemne y denso. Nos miramos mientras el empieza a contarme que esa caja que tenía en sus manos había un CD con la voz de su hermano. De su hermano desaparecido. Fue sábado del mes de agosto de 1976 cuando a Eduardo Guastavino se le ocurrió grabar sus palabras de despedida a su hijo Germán que ahora tiene 40 y algo y en ese entonces era apenas un gurisito.
Esa pequeña encomienda recién salida de algún depósito de la terminal estaba aun cerrada y en las manos del Mono parecía un cáliz a la espera de la ceremonia, como quien dice a la espera de encontrar el momento oportuno y el lugar preciso.
Esa caja condensaba muchas cosas; por un momento -antes de que el mono me dijera que tenía un CD- pensé que guardaba las cenizas de alguien. Ya ni me acuerdo que me dijo o me llevó a pensar eso, pero lo pensé. Después me di cuenta que de algún modo el CD con la grabación de la voz del hermano desaparecido venía a suplir esa forma piadosa de cerrar toda esa parábola ilógica de un duelo sin saber… Finalmente no eran las cenizas ni los huesos, pero era la voz. Volví por sus manos aferradas a la caja, aferradas a las posibles palabras que puedan volver a ser dichas, palabras que no podrán ser calladas ahora, ahora que están en esa caja, en esa suerte de sepulcro sostenido por esas manos justas a la espera de la resurrección…
Me contó que la grabación viene de un lejano sábado de agosto de 1976. Me cuenta que tanto él como su hermano sentían la persecución y el hostigamiento represivo sobre la nuca. Que su hermano le había pedido que lo acompañara hasta Burzaco porque quería verlo a Germán. Me cuenta que el recuerda que en un momento padre e hijo se encerraron en una pieza, que escuchó risas y a Eduardo cantar “Juana Azurduy”. Vi sus ojos perderse entre destellos húmedos, en el vuelo infinito de los recuerdos. Cuando se abrió la puerta –continúa el Mono- mi hermano estaba feliz. Me cuenta que de regreso a la Capital Eduardo le dice que había tenido una linda charla con su hijo, …..y que la habían grabado.
Los dos -obviamente- eran bien peronistas, luego paso lo que paso hasta que hace un tiempito Germán -ya hecho un hombre- viene de visita a Santa Elena y recuerda con su tío aquel hecho en el Gran Buenos Aires. Yo nunca me había animado a preguntarle, y fue el quien lo hizo, afirma el Mono. Me cuenta que ahí Germán le dijo; Papá fue a despedirse. El Mono me lo relata sorprendido, él no lo sabía. Germán le cuenta que su padre le dijo que posiblemente no lo iba a ver más, y que si eso pasaba que no lo juzgara mal, que la cuidara a su mamá, que se portara bien, que él estaba peleando para que todos los chicos como yo tuviésemos otro futuro, mejor. A esa altura yo ya había bajado la cabeza en esa vergüenza tonta que nos inunda a los hombres cuando las lágrimas nos asaltan.
Me sigue contando que Germán le dijo que ese encuentro estaba grabado en un cassette, que él se lo pidió y que finalmente ahora que lo tenía entre sus manos no sabía si se iba a animar a escucharlo. La voz quebrada del Monito se fundía en la voz guardada y secreta entre sus manos… esa fue la señal para que el abrazo entrañable nos hiciera seguir el camino. Me voy a verlo a Martín, me dijo finalmente. Y yo guardé sacramentalmente esos instantes que se llenaban de silencio, de injustos fantasmas corridos ahora por la vida que volvía en una caja, en la lucha que sigue a pesar de los difíciles días de una Argentina indigna de semejante historia.
* Diputado Provincial del Frente para la Victoria
Las voces que nunca se apagan
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*Por Pedro Báez
Caminaba por Andrés Pazos desde Corrientes en dirección a San Martín zigzagueando en un sinfín de pasos que se confundían en la romería que es esa cuadra un lunes cualquiera, un lunes de marzo o de otoño que es lo mismo, aunque no lo sea por las sensaciones que mueven la memoria de todos los marzos, esas horas en que los sueños resisten en los compañeros que ya no están, pero que insisten entre las calles del tiempo con urgencia de eternidad. Mientras le devolvía una llamada al Toto, un compañero con el que hacia hace rato que no hablaba, lo vi venir, en realidad nos vimos venir. El Monito Guastavino se detuvo y yo avance hacia el, hacia la peatonal. Compañero incansable, eterno militante, cuando lo alcanzo lo palmeo, lo agarro por la espalda y lo obligo a cambiar de rumbo y caminar conmigo mientras apuro la charla con el Toto. Caminamos unos metros y nos corremos a esa especie de jardín que arman los arbustos sobre esa calle semipeatonal. Fue como si los pasos hubieran estado marcados exactamente por un designio para que él, me hiciera entrar -en la complicidad de su historia-, a su larga intimidad lacerada.
El Mono es un personaje, siempre atento a las cosas pequeñas y que uno generalmente no se da cuenta que son las importantes; el Mono siempre prioriza la persona, la política, los principios, los ideales. Siempre respetuoso de la historia -de la nuestra por supuesto-, sabe bien que hay que cagarse en la historia escrita por los que ganan. Quizás por eso, porque el Mono anda siempre con el corazón abierto, me costó darme cuenta que estaba especialmente sensible. Dimos un pequeño rodeo, al tiempo que fijaba los ojos en una caja pequeña de cartón que agarraba y acariciaba con sus manos huesudas. Me la muestra. Veo que está aún rotulada con su nombre, era una pequeña encomienda. “Llevo acá algo especial Pedro, la voz de mi hermano desaparecido despidiéndose de su hijo”. El ajetreo de la calle se volvió indiferente, insignificante, invisible e inaudible. Mierda, parecía que entrabamos en un túnel donde el tiempo se detenía, lo cierto que ya no estábamos ahí. Una suerte de desierto en el mundanal rumor de bancos, precios y ansiedades alienadas por vaya a saber que necesidades.
Estábamos solos en un espiral que nos chupaba hacia el interior de esa caja-agujero negro de la historia. De una historia que sigue en carne viva. Los desaparecidos insisten en una densidad incompatible con la indiferencia. No sé cuantos minutos pasaron. No sabría decirlo, me pareció mucho. Sé que el tiempo pasó con abrumadora lentitud, solemne y denso. Nos miramos mientras el empieza a contarme que esa caja que tenía en sus manos había un CD con la voz de su hermano. De su hermano desaparecido. Fue sábado del mes de agosto de 1976 cuando a Eduardo Guastavino se le ocurrió grabar sus palabras de despedida a su hijo Germán que ahora tiene 40 y algo y en ese entonces era apenas un gurisito.
Esa pequeña encomienda recién salida de algún depósito de la terminal estaba aun cerrada y en las manos del Mono parecía un cáliz a la espera de la ceremonia, como quien dice a la espera de encontrar el momento oportuno y el lugar preciso.
Esa caja condensaba muchas cosas; por un momento -antes de que el mono me dijera que tenía un CD- pensé que guardaba las cenizas de alguien. Ya ni me acuerdo que me dijo o me llevó a pensar eso, pero lo pensé. Después me di cuenta que de algún modo el CD con la grabación de la voz del hermano desaparecido venía a suplir esa forma piadosa de cerrar toda esa parábola ilógica de un duelo sin saber… Finalmente no eran las cenizas ni los huesos, pero era la voz. Volví por sus manos aferradas a la caja, aferradas a las posibles palabras que puedan volver a ser dichas, palabras que no podrán ser calladas ahora, ahora que están en esa caja, en esa suerte de sepulcro sostenido por esas manos justas a la espera de la resurrección…
Me contó que la grabación viene de un lejano sábado de agosto de 1976. Me cuenta que tanto él como su hermano sentían la persecución y el hostigamiento represivo sobre la nuca. Que su hermano le había pedido que lo acompañara hasta Burzaco porque quería verlo a Germán. Me cuenta que el recuerda que en un momento padre e hijo se encerraron en una pieza, que escuchó risas y a Eduardo cantar “Juana Azurduy”. Vi sus ojos perderse entre destellos húmedos, en el vuelo infinito de los recuerdos. Cuando se abrió la puerta –continúa el Mono- mi hermano estaba feliz. Me cuenta que de regreso a la Capital Eduardo le dice que había tenido una linda charla con su hijo, …..y que la habían grabado.
Los dos -obviamente- eran bien peronistas, luego paso lo que paso hasta que hace un tiempito Germán -ya hecho un hombre- viene de visita a Santa Elena y recuerda con su tío aquel hecho en el Gran Buenos Aires. Yo nunca me había animado a preguntarle, y fue el quien lo hizo, afirma el Mono. Me cuenta que ahí Germán le dijo; Papá fue a despedirse. El Mono me lo relata sorprendido, él no lo sabía. Germán le cuenta que su padre le dijo que posiblemente no lo iba a ver más, y que si eso pasaba que no lo juzgara mal, que la cuidara a su mamá, que se portara bien, que él estaba peleando para que todos los chicos como yo tuviésemos otro futuro, mejor. A esa altura yo ya había bajado la cabeza en esa vergüenza tonta que nos inunda a los hombres cuando las lágrimas nos asaltan.
Me sigue contando que Germán le dijo que ese encuentro estaba grabado en un cassette, que él se lo pidió y que finalmente ahora que lo tenía entre sus manos no sabía si se iba a animar a escucharlo. La voz quebrada del Monito se fundía en la voz guardada y secreta entre sus manos… esa fue la señal para que el abrazo entrañable nos hiciera seguir el camino. Me voy a verlo a Martín, me dijo finalmente. Y yo guardé sacramentalmente esos instantes que se llenaban de silencio, de injustos fantasmas corridos ahora por la vida que volvía en una caja, en la lucha que sigue a pesar de los difíciles días de una Argentina indigna de semejante historia.
* Diputado Provincial del Frente para la Victoria