Leido 3706 veces
*Por Carlos Matteoda

Carlos Matteoda
“Murió Luis Brasesco; un hombre cabal, un radical derecho, un dirigente inteligente y sobre todo buena persona.
Con estas 17 palabras se le puede rendir un honesto homenaje a quien fue uno de los dirigentes políticos más importantes de las últimas décadas en la provincia. A quien, sin haber llegado a ser gobernador, ocupó un sitial del privilegio en la política: ser un hombre de consulta de todos los partidos, de todos los sectores, de cualquier cuestión relacionada a la política. Un lugar, justo es decirlo, al que no llegarán ni en sueños algunos de los que sí se han asentado en el principal sillón de la Casa Gris.
¿Cómo llegó a ser tan reconocido ese viejito de pelo gris que vivía -vaya casualidad- en calle Illia? Con una enorme coherencia, acompañada por la claridad del pensamiento hasta los últimos días y una participación desinteresada desde el punto de vista del reconocimiento personal. Esa era su forma de ser y nadie, correligionario o adversario político, se hubiera atrevido a cuestionarlo.
Por eso me siento en la obligación intelectual de escribirlo, más allá de que un desprevenido pueda pensar que se trate de elogios de ocasión.
Los que trabajamos en el periodismo político desde hace años sabemos que la salud de don Luis venía quebrantada hace rato. Lo vimos levantarse de la cama de una clínica para irse derecho a algún plenario de la Convención Constituyente de 2008, cuando ya había pasado los 75 años, con el mismo entusiasmo que lo haría cualquier jovencito; y trabajar allí tanto o más que los convencionales que se quedaban con la atención de la prensa.
Tal vez por eso, cuando hace una semana o dos comenzó a circular la información sobre el agravamiento de su salud, la mayoría pensamos más en su familia,especialmente en su esposa, que en el titular sobre su agonía. Era imposible no pensar de otra forma frente a un buen hombre.
Me quiero quedar en esta columna con una frase de su amigo Fabián Rogel. “Frente a tanta política barata y ordinaria, frente a tanto marketing televisivo, frente a tanto no decir nada; la partida de este tipo de dirigentes se siente enormemente”. Vaya si tiene razón el actual diputado nacional y compañero de ruta política de los últimos años de Brasesco. Frente a tantos que no dicen nada, o dicen lo que conviene decir, o directamente lo que a ellos les conviene; de este hombre siempre se conseguía un aporte a la comunidad y a la resolución de sus problemas.
Es fácil pensar hoy, frente al cuerpo inerte, que la política no fue del todo justa con Brasesco. Una apreciación discutible, y que seguramente él hubiera rechazado; ya que pensaba que lo importante de la política no es el cargo que le permite desempeñar a los dirigentes, sino la forma en que estos desempeñan esa función.
Párrafo aparte, hay algo de verdad en que las eternas internas del radicalismo le impidieron a ese partido contar en lugares más importantes con un dirigente de enorme valía.
Y además, de coraje. Cuando no era tan conocido ponía lo que había que poner para defender a los presos políticos de la dictadura militar, especialmente a los gremialistas, la mayoría de los cuales no eran de su partido; sino del mismo partido en el cual se había originado la Triple A, que un tiempo antes, en el gobierno de Isabelita, le había hecho estallar una bomba en su casa.
Brasesco nació en Paraná. Su padre era un dirigente político que falleció cuando él tenía 14 años, pero que en ese tiempo le inculcó la pasión por la actividad. Quienes lo recuerdan de sus años de estudiante en la Escuela Normal o en la Universidad del Litoral dan cuenta de que siempre se comportó de acuerdo a como decía que había que actuar.
En muchas notas me contó que uno de los mejores momentos de su vida era cuando encontraba a alguien en calle, a quien tal vez ni conocía, y esa persona se acercaba a agradecerle lo que había hecho durante la dictadura para defenderlo. Y tal vez con un gurí de la mano, le decía al chico: “Este es el doctor que te conté que me ayudó”.
Don Luis fue un legislador de ideas progresistas, siempre. En la reforma de 2008 impulsó la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas, por citar un caso.
Había jugado un rol importante en la Reforma nacional de 2004, cuando acompañó a su amigo Raúl Alfonsín en momentos en que el radicalismo entrerriano -liderado por el montielismo- se oponía férreamente ese proceso, al punto tal que terminó siendo intervenido el partido en la provincia.
De su relación con Alfonsín me quedo con una anécdota que Brasesco me contó sobre la salida anticipada del poder y que oportunamente publicamos en UNO. Carlos Menem había ganado las elecciones del 14 mayo del 89 con el 49,2% de los votos y el peronismo presionaba para que Alfonsín entregara el gobierno en forma inmediata. “Alfonsín me dijo que (para permitirle terminar el mandato) le habían planteado dos cosas. Que para entregar el poder en la fecha indicada, tenía que dictar la ley de amnistía, y si no se podía, sacar un decreto exceptuando del accionar judicial a los tres comandantes y a algunos más. Y en caso de que eso no se pudiera hacer, porque había muchas dificultades, por lo menos levantarle la sanción al expresidente de facto Leopoldo Galtieri. Me dijo: ‘Yo ya tomé mi posición. ¿A vos qué te parece?’
Yo le dije ‘Usted no puede hacer esto. Usted hizo el tribunal a los genocidas, se cumplió esa etapa, hemos tenido que hacer después las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final como solución política para preservar el orden constitucional, es cierto, pero no puede hacer esto’”. Finalmente. Alfonsín no lo hizo, pese a que en el gabinete del ocaso alfonsinista eran muchos los que creían que había que ceder.
Tal vez esta columna se esta haciendo demasiado larga, y con la extensión, perdiendo rigor periodístico. Pero me pregunto si tiene sentido ocultar, a la hora de un homenaje, el afecto que en muchos de nosotros generaba Luis Brasesco. Creo que no debe ocultarse, porque en buena medida, era el afecto a los valores y conducta que marcaron su vida e hicieron grande su figura.
¡Descanse en paz, don Luis! Si el cielo existe, me imagino las tertulias políticas que se van a armar a su llegada. ¡Un abrazo!”
*Periodista. Diario Uno.
Un hombre cabal, un radical derecho, una buena persona
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*Por Carlos Matteoda
Carlos Matteoda
Con estas 17 palabras se le puede rendir un honesto homenaje a quien fue uno de los dirigentes políticos más importantes de las últimas décadas en la provincia. A quien, sin haber llegado a ser gobernador, ocupó un sitial del privilegio en la política: ser un hombre de consulta de todos los partidos, de todos los sectores, de cualquier cuestión relacionada a la política. Un lugar, justo es decirlo, al que no llegarán ni en sueños algunos de los que sí se han asentado en el principal sillón de la Casa Gris.
¿Cómo llegó a ser tan reconocido ese viejito de pelo gris que vivía -vaya casualidad- en calle Illia? Con una enorme coherencia, acompañada por la claridad del pensamiento hasta los últimos días y una participación desinteresada desde el punto de vista del reconocimiento personal. Esa era su forma de ser y nadie, correligionario o adversario político, se hubiera atrevido a cuestionarlo.
Por eso me siento en la obligación intelectual de escribirlo, más allá de que un desprevenido pueda pensar que se trate de elogios de ocasión.
Los que trabajamos en el periodismo político desde hace años sabemos que la salud de don Luis venía quebrantada hace rato. Lo vimos levantarse de la cama de una clínica para irse derecho a algún plenario de la Convención Constituyente de 2008, cuando ya había pasado los 75 años, con el mismo entusiasmo que lo haría cualquier jovencito; y trabajar allí tanto o más que los convencionales que se quedaban con la atención de la prensa.
Tal vez por eso, cuando hace una semana o dos comenzó a circular la información sobre el agravamiento de su salud, la mayoría pensamos más en su familia,especialmente en su esposa, que en el titular sobre su agonía. Era imposible no pensar de otra forma frente a un buen hombre.
Me quiero quedar en esta columna con una frase de su amigo Fabián Rogel. “Frente a tanta política barata y ordinaria, frente a tanto marketing televisivo, frente a tanto no decir nada; la partida de este tipo de dirigentes se siente enormemente”. Vaya si tiene razón el actual diputado nacional y compañero de ruta política de los últimos años de Brasesco. Frente a tantos que no dicen nada, o dicen lo que conviene decir, o directamente lo que a ellos les conviene; de este hombre siempre se conseguía un aporte a la comunidad y a la resolución de sus problemas.
Es fácil pensar hoy, frente al cuerpo inerte, que la política no fue del todo justa con Brasesco. Una apreciación discutible, y que seguramente él hubiera rechazado; ya que pensaba que lo importante de la política no es el cargo que le permite desempeñar a los dirigentes, sino la forma en que estos desempeñan esa función.
Párrafo aparte, hay algo de verdad en que las eternas internas del radicalismo le impidieron a ese partido contar en lugares más importantes con un dirigente de enorme valía.
Y además, de coraje. Cuando no era tan conocido ponía lo que había que poner para defender a los presos políticos de la dictadura militar, especialmente a los gremialistas, la mayoría de los cuales no eran de su partido; sino del mismo partido en el cual se había originado la Triple A, que un tiempo antes, en el gobierno de Isabelita, le había hecho estallar una bomba en su casa.
Brasesco nació en Paraná. Su padre era un dirigente político que falleció cuando él tenía 14 años, pero que en ese tiempo le inculcó la pasión por la actividad. Quienes lo recuerdan de sus años de estudiante en la Escuela Normal o en la Universidad del Litoral dan cuenta de que siempre se comportó de acuerdo a como decía que había que actuar.
En muchas notas me contó que uno de los mejores momentos de su vida era cuando encontraba a alguien en calle, a quien tal vez ni conocía, y esa persona se acercaba a agradecerle lo que había hecho durante la dictadura para defenderlo. Y tal vez con un gurí de la mano, le decía al chico: “Este es el doctor que te conté que me ayudó”.
Don Luis fue un legislador de ideas progresistas, siempre. En la reforma de 2008 impulsó la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas, por citar un caso.
Había jugado un rol importante en la Reforma nacional de 2004, cuando acompañó a su amigo Raúl Alfonsín en momentos en que el radicalismo entrerriano -liderado por el montielismo- se oponía férreamente ese proceso, al punto tal que terminó siendo intervenido el partido en la provincia.
De su relación con Alfonsín me quedo con una anécdota que Brasesco me contó sobre la salida anticipada del poder y que oportunamente publicamos en UNO. Carlos Menem había ganado las elecciones del 14 mayo del 89 con el 49,2% de los votos y el peronismo presionaba para que Alfonsín entregara el gobierno en forma inmediata. “Alfonsín me dijo que (para permitirle terminar el mandato) le habían planteado dos cosas. Que para entregar el poder en la fecha indicada, tenía que dictar la ley de amnistía, y si no se podía, sacar un decreto exceptuando del accionar judicial a los tres comandantes y a algunos más. Y en caso de que eso no se pudiera hacer, porque había muchas dificultades, por lo menos levantarle la sanción al expresidente de facto Leopoldo Galtieri. Me dijo: ‘Yo ya tomé mi posición. ¿A vos qué te parece?’
Yo le dije ‘Usted no puede hacer esto. Usted hizo el tribunal a los genocidas, se cumplió esa etapa, hemos tenido que hacer después las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final como solución política para preservar el orden constitucional, es cierto, pero no puede hacer esto’”. Finalmente. Alfonsín no lo hizo, pese a que en el gabinete del ocaso alfonsinista eran muchos los que creían que había que ceder.
Tal vez esta columna se esta haciendo demasiado larga, y con la extensión, perdiendo rigor periodístico. Pero me pregunto si tiene sentido ocultar, a la hora de un homenaje, el afecto que en muchos de nosotros generaba Luis Brasesco. Creo que no debe ocultarse, porque en buena medida, era el afecto a los valores y conducta que marcaron su vida e hicieron grande su figura.
¡Descanse en paz, don Luis! Si el cielo existe, me imagino las tertulias políticas que se van a armar a su llegada. ¡Un abrazo!”