La soja del 16

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*Por Darío Gianfelici

GIANFELICI

En ningún momento, el gobierno de los Kirchner, estimuló el desarrollo del modelo productivo agropecuario, tampoco lo obstaculizó. En su total ignorancia, y podríamos decir indiferencia,  Néstor y Cristina, se dedicaron a atacar sistemáticamente a los actores principales de esta manera de producir: precisamente los productores, sin tocar la esencia del modelo.

Pero como desde 1996 el crecimiento y el, aparente, beneficio de la gente de campo era tan enorme, no había manera de detenerlo y, además, producía un ingente ingreso de dólares que mantenían las políticas clientelisticas y los elevadísimos sueldos de los funcionarios más cercanos al poder.

Por otra parte, si bien algunos intentábamos advertir sobre las consecuencias funestas del avance de la frontera agropecuaria sobre bosques, montes y selvas milenarias; del uso indiscriminado y descuidado de agrotóxicos, de la utilización de productos modificados genéticamente sin conocer cuál iba a ser el impacto ambiental de la introducción de estos monstruos en una naturaleza que los desconocía. Incluso se promovía, y se lo sigue haciendo, el uso de estos artefactos de laboratorio como alimento humano, en un desarrollo experimental sin precedentes.

Hoy día sabemos, hoy vemos.

Como siempre, cuando queremos negar la realidad porque la ilusión es más agradable, esta realidad nos golpea la nariz.

Vivimos una época tecnológica, donde no es posible culpar a entidades ideales.

Dioses o brujos malvados.

Entonces hacemos como que nos sorprende que, ante la ausencia de bosques que regulen el clima y sirvan de esponja para contener las precipitaciones, estas se transformen en catástrofes, los caminos se cubran de agua, los puentes colapsen y las viviendas se inunden.

Solamente la provincia de Córdoba ha perdido, según datos oficiales, dos mil millones de pesos tras las últimas lluvias.

Pero hay algo que es imposible mensurar, cuánto cuestan las diez u once personas que murieron. Cuánto cuesta la angustia de la gente que sufre la pérdida de su casa, sus muebles, sus recuerdos…

Cuánto cuesta el temor con que los cordobeses miraran, por mucho tiempo, el cielo cada vez que empiece a cargarse de nubes.

Pese a todo, al dolor, a la realidad, a la muerte, los candidatos con mayores chances de ser gobierno a partir del 11 de diciembre apuestan a la soja transgénica como uno de los motores para recuperar la devastada economía de la última década.

“Siembren que no habrán retenciones”, dice Macri. “Hay que terminar con el mito de la toxicidad del glifosato” dijo Binner antes de abandonar su carrera presidencialista. El radicalismo, revuelto en sus propios traumas existenciales apuesta su éxito en la provincia a la figura de un productor ignoto para la política que, además, eligió otra fuerza para desarrollar su oferta al electorado.

Esta expectativa ya ha provocado una revigorización de las practicas, de nuevo se siembra a un escaso metro de las rutas, sobre las banquinas que son de todos pero que uno solo capitaliza. De nuevo los aviones fumigadores sobrevuelan no solo escuelas y centros de salud rurales, sino los poblados mismos con su carga de veneno.

Y otros ni siquiera tienen idea que hay un problema con el modelo y esos son, tal vez, aún más peligrosos.

No importan las cada vez más frecuentes catástrofes ambientales, la cada vez más enorme lista de víctimas. Menos aún, las denuncias cada vez más desesperadas de incremento de enfermedades relacionadas con la exposición a agrotóxicos.

El cáncer en niños y jóvenes ya no sorprende en los habitantes de zonas rurales y subrurales. Las patologías tiroideas, la diabetes, el Parkinson, las malformaciones neurológicas, urológicas y cardíacas, entre otras muchas cuya enumeración sería demasiado extensa. Todo es empujado debajo de una alfombra que ya hace demasiado bulto.

Quizá alguno de esos niños o jóvenes cuya vida fue precozmente interrumpida, tenían en su cerebro el germen de la solución para alguno de estos azotes de la salud de la humanidad, o la creación de una sinfonía excelsa, o el secreto de la felicidad. Ya nunca lo sabremos.

Seguramente, los propulsores del modelo van a seguir esgrimiendo una frase que escucho desde el principio: “la toxicidad de estas prácticas y estos productos no está científicamente demostrada”.

Cuando en realidad, si lo está. Terminantemente, las experiencias de Seralini en Francia, Andrés Carrasco que murió gritando su verdad en un Conicet que se negó, y se niega, a escuchar. Los estudios de diversas Universidades: Santa Fe, Córdoba, Rosario.

Personalmente, hace diecisiete años que intento advertir sobre los riesgos para la salud y el ambiente de esta manera de producir.

En un principio, decía: “por favor demuéstrenme que estoy equivocado”.

Lamentablemente, estoy convencido que no van a poder hacerlo de ninguna manera.

No hay manera de equilibrar con vidas perdidas o arruinadas, el peso que tienen, para los decisores políticos, una montaña de dólares que la soja transgénica va a producir.

Mi preocupación y mi dolor es que, a esos decisores, no parece importarles.

*Médico – Ex Convencional Constituyente