El peronismo gana por lo que ofrece, no por lo que exige

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*Por Emiliano Gomez Tutau

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La lealtad que celebramos cada 17 de octubre no nació de una exigencia: nació de una cosecha. Antes de pedirla, el peronismo tiene que pensarlo otra vez.

En la antesala de un nuevo 17 de octubre, a 81 años de aquella jornada de 1945, quiero hacer un aporte a la discusión que atraviesa el peronismo. Es el Día de la Lealtad, y justamente por eso conviene preguntarnos qué significa hoy esa palabra, cuando hay dirigentes que la exigen con mucho arrojo a la militancia y a los sectores que nos acompañan, pero no siempre ofrecen lo mismo que piden.

En CABA, algunos dirigentes peronistas dicen, medio en broma, que son «los que ganan perdiendo». La frase puede sonar épica, pero encierra un problema político: convierte la derrota en una identidad. Su raíz está en el Evangelio de Juan («el que ama su vida, la pierde»), pero conviene leer el versículo anterior: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (12:24).

El sacrificio, en el texto, nunca es un fin. Es el camino hacia una cosecha. Eso cambia la lectura: quien pide sacrificio sin mostrar la cosecha no está pidiendo entrega, está pidiendo resignación. Y eso es lo que hoy parece pedir el peronismo.

El 17 de octubre lo demuestra mejor que cualquier versículo. La lealtad no se exigió: se ganó. Nadie le ordenó a esa multitud cruzar el Riachuelo. Los trabajadores de Avellaneda, Berisso y Lanús fueron a la Plaza porque ya habían visto llegar algo: el Estatuto del Peón, las vacaciones pagas, los tribunales de trabajo, un Estado que por primera vez los atendía. Primero vino lo que se ofreció. Después, la lealtad.

Durante décadas pudimos pedirle a nuestro pueblo que aguantara porque nos respaldaba esa memoria concreta de conquistas: el aguinaldo, la casa propia, el hijo que fue el primero de la familia en llegar a la universidad. La cosecha estaba a la vista. Hoy esa memoria ya no alcanza. Un pibe de 20 años que labura de Uber, alquila caro y arrastra una deuda que no eligió no reconoce en su vida aquella promesa de progreso. Pedirle que se sacrifique con nosotros, sin decirle qué vamos a lograr juntos, no es convocarlo: es expulsarlo.

¿Por qué nos cuesta tanto verlo? En estos días leí un libro que me animo a recomendar a la dirigencia del peronismo: Piénsalo otra vez, de Adam Grant. Su tesis es simple y brutal: en un mundo que cambia rápido, la inteligencia ya no se mide por lo que sabes, sino por tu capacidad para reconsiderar lo que creías saber.

Nuestro problema es exactamente ese: preferimos la comodidad de la convicción a la incomodidad de la duda. Dejamos de ver en quien piensa distinto a alguien que suma, y empezamos a tratarlo como un traidor. Así nos debilitamos: no sólo por los golpes que recibimos de afuera, sino por las puertas que cerramos adentro.

Subestimamos a la militancia barrial que no es orgánica y a las comunidades que se organizan alrededor de un club, un merendero o una cooperadora, que enfrentan de primera mano los problemas que decimos representar. Deberíamos saberlo mejor que nadie: los protagonistas del 17 de octubre fueron los que la política no veía. Los «descamisados» eran trabajadores recién llegados del interior, sin partido y sin lugar en las mesas de su tiempo. Y hoy, en cambio, nos aferramos a esas ideas del siglo XX que responden a un mundo que ya no existe, y marginamos a quienes mejor conocen la realidad que necesitamos comprender.

No es falta de lealtad: es miedo. Grant lo explica bien: reconsiderar las creencias más profundas se siente como perder una parte de uno mismo. Cuestionarse no es un ejercicio intelectual, es un riesgo emocional. Y detrás hay un temor más hondo: el de mirar la realidad tal como es, con sus nuevos sujetos y conflictos. La familia que se endeuda para comer. La vivienda que no llega ni en sueños. El productor chico sin crédito. El emprendedor que no consigue financiamiento para competir. Pensarlo otra vez obliga a aceptar que la realidad cambió, y que quizás ya no somos parte de ella.

Por eso, una cosa es perder peleando y otra muy distinta es organizarse para ser derrotados. Perder peleando es caer con un proyecto en la mano y con la gente al lado. Organizarse para la derrota es cuidar el lugar en la lista antes que el lugar en la sociedad, señalar personas antes que discutir propuestas, preguntar quién se fue en vez de por qué se fue.

Y en esto vale un poco de ironía: es fácil acusar de desleales a los que buscan un salvavidas cuando el que acusa está mirando el naufragio desde su propia piragua. No alcanza con pedir que nadie abandone el barco; primero hay que explicar hacia dónde vamos y cómo pensamos llegar. La lealtad no reemplaza el rumbo, y la autoridad no exime de responsabilidades. El verdadero capitán es el que se hunde con el barco, no el que tira por la borda a los que preguntan hacia dónde va.

El 17 de octubre también enseña la dirección de la lealtad: fue de abajo hacia arriba. No fue un líder reclamándole fidelidad a su pueblo, sino un pueblo saliendo a rescatar a su líder. Cuando hoy la lealtad se exige desde arriba, como prueba de permanencia, se invierte el sentido de la fecha que decimos celebrar. Esa es la discusión que exige esta coyuntura y que la política del PJ viene esquivando: el rumbo, el proyecto y la capacidad de conducción. Los libertarios aprovechan nuestra dispersión y la provocan. Cada compañero acusado, cada puerta cerrada, cada mesa a la que no se invita a nadie nuevo, les hace el trabajo.

El grano tiene que caer, sí. Pero lo que tiene que caer no son nuestros compañeros que piensan distinto: son las certezas que ya no explican nada. Pensarlo otra vez no es traicionar la historia. Es la única manera de que tenga futuro.

Este 17 de octubre, más que exigir lealtad, honrémosla de la única forma en que nació: volviendo a ofrecer. El peronismo gana por lo que ofrece, no por lo que exige. Mas convocatoria, más proyecto. Así se le gana a Frigerio.

*Concejal de Paraná

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