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*Por Marcelo Albarenque

La serie “Cautiva” de TNT–FLOW dirige hoy la atención pública hacia los infames hechos ocurridos dentro del Convento de Carmelitas Descalzas de Nogoyá, Entre Ríos.
Si nos ceñimos a la información tenida por cierta ante la Justicia de Entre Ríos, quedó probado que al menos dos monjas sufrieron privación ilegítima de la libertad -con agravantes-, sumado a tratos inhumanos, degradantes, perversos e inenarrables sobre ellas y otras monjas y exmonjas.
Quedó acreditado, además, que el entonces obispo de Paraná, Juan Alberto Puiggari, tuvo conocimiento detallado y minucioso de los hechos al menos desde 2013 y que no hizo nada para intentar detener la maquinaria de sadismo ejecutada por Luisa Esther Toledo, de nombre religioso María Isabel de la Santísima Trinidad.
Peor aún, conocidos los hechos por el público en agosto de 2016, Puiggari los negó sabiéndolos ciertos y abonó con fondos diocesanos la defensa letrada de la superiora imputada y luego condenada. El ya retirado obispo transita hoy un cómodo e impune retiro, habiendo recibido como justa condena -a juicio de este autor- la infamia y la intrascendencia: no será recordado por la historia, al menos no por nada bueno que pueda predicarse de su gobierno diocesano.
La palabra que mejor define al Convento de Carmelitas Descalzas de Nogoyá es “secta”. Entre las muchas definiciones y características que la sociología y la psicología reconocen en las organizaciones que conocemos como “sectas”, todas le son aplicables a ese Convento, recordemos, aún en funcionamiento. Es una organización cerrada, críptica, plagada de ritos que sacramentan lo inhumano, a la cual es “fácil” entrar y prácticamente imposible salir, y tiene un líder que gobierna la vida y la mente de las internas. Existe un alejamiento progresivo y sistemático del mundo exterior y de las familias, hasta el punto en que muchas internas creen que nadie las esperaría extramuros si lograran salir. Nada que envidiarle a la secta de Davidianos alojada en, ironías de la historia, “Rancho Monte Carmelo”, Waco, Texas, EE. UU. (1993). O a la secta denominada “Templo del Pueblo” asentada en Guyana (1978). O a la secta mormona de Warren Jeffs (2002), entre otros muchos ejemplos.
Tal vez es hora de que las religiones evalúen lo que los humanos nos hacemos en nombre de Dios. No poseo el don de la fe, es una pregunta que no me interpela, solo propongo el cuestionamiento. Me preocupa sí, como a todos, la dignidad humana y los derechos fundamentales.
En algún punto, “Cautiva”, como obra de arte audiovisual que es, está en el extremo opuesto de aquello que relata. Me explico: para la realización de esta miniserie fue necesaria la cooperación de un conjunto innumerable de personas, llenas de buenas intenciones y respeto hacia las víctimas. El objetivo fue crear algo bello, y lo lograron. Fue echar luz sobre hechos que debemos tener presentes, y lo lograron. Es talento y creatividad humana puestos al servicio de un público que se deja interpelar. Esta historia versa, en definitiva, sobre la condición humana. Somos capaces tanto de lo bello y valioso como de lo oscuro y perverso.
Este arte tal vez sirva como aliciente a las víctimas y sus familias. Transforma la angustia y el dolor innecesario, persistente durante muchos años, en algo valioso. Citando a Silvia, la sobreviviente cuya historia inspira la serie: “No ganaron ellas, gané yo, que recuperé el afecto de tantas personas, gente maravillosa e increíble. Ganamos los que nos queremos: el horror pasó… y se transformó en arte”.
*Hermano de Silvia Albarenque
Detrás de Cautiva, la secta de Carmelitas de Nogoyá
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*Por Marcelo Albarenque
La serie “Cautiva” de TNT–FLOW dirige hoy la atención pública hacia los infames hechos ocurridos dentro del Convento de Carmelitas Descalzas de Nogoyá, Entre Ríos.
Si nos ceñimos a la información tenida por cierta ante la Justicia de Entre Ríos, quedó probado que al menos dos monjas sufrieron privación ilegítima de la libertad -con agravantes-, sumado a tratos inhumanos, degradantes, perversos e inenarrables sobre ellas y otras monjas y exmonjas.
Quedó acreditado, además, que el entonces obispo de Paraná, Juan Alberto Puiggari, tuvo conocimiento detallado y minucioso de los hechos al menos desde 2013 y que no hizo nada para intentar detener la maquinaria de sadismo ejecutada por Luisa Esther Toledo, de nombre religioso María Isabel de la Santísima Trinidad.
Peor aún, conocidos los hechos por el público en agosto de 2016, Puiggari los negó sabiéndolos ciertos y abonó con fondos diocesanos la defensa letrada de la superiora imputada y luego condenada. El ya retirado obispo transita hoy un cómodo e impune retiro, habiendo recibido como justa condena -a juicio de este autor- la infamia y la intrascendencia: no será recordado por la historia, al menos no por nada bueno que pueda predicarse de su gobierno diocesano.
La palabra que mejor define al Convento de Carmelitas Descalzas de Nogoyá es “secta”. Entre las muchas definiciones y características que la sociología y la psicología reconocen en las organizaciones que conocemos como “sectas”, todas le son aplicables a ese Convento, recordemos, aún en funcionamiento. Es una organización cerrada, críptica, plagada de ritos que sacramentan lo inhumano, a la cual es “fácil” entrar y prácticamente imposible salir, y tiene un líder que gobierna la vida y la mente de las internas. Existe un alejamiento progresivo y sistemático del mundo exterior y de las familias, hasta el punto en que muchas internas creen que nadie las esperaría extramuros si lograran salir. Nada que envidiarle a la secta de Davidianos alojada en, ironías de la historia, “Rancho Monte Carmelo”, Waco, Texas, EE. UU. (1993). O a la secta denominada “Templo del Pueblo” asentada en Guyana (1978). O a la secta mormona de Warren Jeffs (2002), entre otros muchos ejemplos.
Tal vez es hora de que las religiones evalúen lo que los humanos nos hacemos en nombre de Dios. No poseo el don de la fe, es una pregunta que no me interpela, solo propongo el cuestionamiento. Me preocupa sí, como a todos, la dignidad humana y los derechos fundamentales.
En algún punto, “Cautiva”, como obra de arte audiovisual que es, está en el extremo opuesto de aquello que relata. Me explico: para la realización de esta miniserie fue necesaria la cooperación de un conjunto innumerable de personas, llenas de buenas intenciones y respeto hacia las víctimas. El objetivo fue crear algo bello, y lo lograron. Fue echar luz sobre hechos que debemos tener presentes, y lo lograron. Es talento y creatividad humana puestos al servicio de un público que se deja interpelar. Esta historia versa, en definitiva, sobre la condición humana. Somos capaces tanto de lo bello y valioso como de lo oscuro y perverso.
Este arte tal vez sirva como aliciente a las víctimas y sus familias. Transforma la angustia y el dolor innecesario, persistente durante muchos años, en algo valioso. Citando a Silvia, la sobreviviente cuya historia inspira la serie: “No ganaron ellas, gané yo, que recuperé el afecto de tantas personas, gente maravillosa e increíble. Ganamos los que nos queremos: el horror pasó… y se transformó en arte”.
*Hermano de Silvia Albarenque