Aguer propone la ruralidad como una política de Estado

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El cooperativista Pedro Aguer expresa, en una columna, sus inquietudes en torno de la educación para la producción agropecuaria y el amor a la tierra.

Aguer propone la ruralidad como una política de Estado.

Aguer propone la ruralidad como una política de Estado.

El docente Pedro Aguer, radicado en Colonia Avellaneda, comienza su intervención en torno de la ruralidad con una frase que, por repetida a través de las décadas, no es menos cierta. Dice: “el campo se está quedando sin gente. A los niños se los prepara para abandonarlo ni bien pasen la adolescencia. Los mayores, cansados del esfuerzo sin rentabilidad sostenida buscan la posibilidad de vender o de arrendar sus chacras y granjas. Un logro del sistema que salta a la vista en su más cruda realidad. Perdura en ellos el espejismo de la prosperidad de la vida en la ciudad y hacia ella se encaminan”, afirma el estudioso.

“Desconfían de la suerte cuando les llegue la vejez. El capital del que se desprenderán les costó el sacrificio de toda su vida y el de su familia. Y no en una sino en sucesivas generaciones. Pero, al mercado esto no le interesa”.

Crítica al sistema educativo

Para Aguer, los gobiernos “acompañan indiferentemente esta tendencia, instalada ya como fatalidad inevitable. Sin embargo, los resultados sociales deberían ser exactamente lo contrario si se tiene en cuenta la evolución tecnológica y pedagógica cuya inversión no es despreciable”.

“La educación –dice- facilita en vez de corregir e impedir las causas del éxodo. Se substituyó el magisterio por el profesorado rural. Las carreras agrotécnicas, secundarias, terciarias y universitarias, en lugar de atraer hacia la formación de profesionales comprometidos con la vida en contacto con la naturaleza, orientan sus planes exclusivamente con sentido de rentabilidad, aplicando la tecnología para la producción en escala, no como una vía adecuada para sentirse estimulados para un mayor apego a la tierra”.

Sostiene que si bien hay más escuelas y universidades, cada vez menos gente decide quedarse a trabajar la tierra. “Prosigue la depredación de bosques y fauna. La tecnología y la ciencia terminan siendo cómplices. Por cierto lo mismo ocurre con la explotación del mar, de los ríos y los arroyos”.

“En vez de enriquecer la inteligencia para un adecuado aprovechamiento de la naturaleza, la ponemos al servicio de los monopolios y oligopolios. El extractivismo arrasa con la vida material y espiritual. Su objetivo es el consumismo alienante”.

“El mercado debería ponerse al servicio de la producción diversificada para un consumo de mayor calidad. Lo que redundaría en preservar y crear fuentes de trabajo digno, obligando a la economía a dejar el relato, apuntando en el sentido de la valoración integral de la vida”.

Para Pedro Aguer, “las condiciones para revertir el proceso están. Hay que cambiar el rumbo. De lo contrario la ciudad y el campo seguirán por andariveles distintos en vez de converger en el intervínculo del hombre y la ecología, desarrollándose mutuamente”.

“Es sin dudas el proceso revolucionario que está aguardando que la formación tecnológica y la educación del productor rural y el conjunto familiar se incluyan en la revolución agraria de manera integral”.

Campo y confort

Más adelante insiste en que las autoridades responsables de la ruralidad “deben asumir que no sólo de economía vive el hombre”, y admite que no se justifica vivir en el campo sin confort. “Las vías de comunicación deben cumplir acabadamente su rol para combatir todo atisbo de aislamiento”.

¿Qué puede hacerse? “Desde el Estado motivador es mucho lo que se puede hacer en materia de créditos de fomento, orientados y controlados. Es una política de Estado revolucionaria lo que hace falta, no ir detrás de los problemas sino a la vanguardia de una participación en debate permanente de los protagonistas: productores de las pequeñas y medianas empresas agropecuarias, trabajadores rurales y Estado, ensamblando lo que existe y la solidaridad en proyectos posibles, en concordancia con los requerimientos cambiantes de la realidad local, nacional e internacional”.

“Quienes trabajan la tierra la merecen, como mínimo, en propiedad; no como promesa sino como militancia política y política de Estado”, concluye Aguer. (Fuente: Diario Uno)