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Pasaron 12 años de la desaparición de la familia Gill. Luisa, hermana de Mencho, recordó la búsqueda y la angustiante espera. El caso fue un emblema de la negligencia policial y judicial.

Pasaron 12 años de la desaparición de la familia Gill.
En los primeros días de mayo del año 2002 Luisa Eva Gill, acompañada por Carina, su sobrina, se presentó con una carta en la mano. Quería hacer pública la desaparición de su hermano y su familia. Se trataba de Rubén José Gill, de 55 años de edad, su esposa, Margarita Norma Gallegos, de 26, y sus chicos María Ofelia de 12, Osvaldo José de 9, Sofía Margarita de 6 y Carlos Daniel de 2. Vivían y trabajaban como peones en un campo de Crucecitas Séptima, propiedad de Alfonso Goette. Fueron vistos por última vez en el velorio de un amigo, en la ciudad de Viale, el 13 de enero de 2002. Al día siguiente debían ir al entierro, pero nunca llegaron.
Ahora, 12 años después, Luisa Eva Gill se sienta debajo de los sauces en su casa de Paraná, y recuerda: “De ahí no los vieron más, después empezaron a ver que andaban las gallinas en el patio, todo, pero el viejo no avisaba nada, y el 3 de abril vino acá a ver si estaban de vacaciones”. El viejo es el patrón, Goette, el principal sospechoso según la familia Gill. “Pero si él no le daba vacaciones, y sacá la cuenta, no se va a tomar tres meses de vacaciones, que les daba 10 días, 15, y adentro”, cuenta Luisa. Hace una pausa, y afirma: “Es sabido que los hizo desaparecer él”.
En aquella carta de hace 12 años, Luisa contaba que estaba muy angustiada porque buscó por todos los lugares en que podían estar y las respuestas siempre fueron negativas. Casi lo mismo que cuenta ahora, entre los cachorros que se echan entre los pies y alguna gallina que pasea en la vereda: “Y de esa vuelta quedó todo ahí, no sabemos dónde ir a buscar, porque fuimos a Corrientes, a Córdoba, a los tambos, todo hemos recorrido. Mi primo agarraba la camioneta y se iba con mi hermano para todos lados, lugar que le decían que estaban ahí se iban”.
El hermano del que habla Luisa es Otto, quien no se cansó de recorrer y buscar, hasta su fallecimiento hace dos años: “Después mi hermano se enfermó, ya no se para qué lado disparar. Hicieron análisis de sangre, levantaron los pisos, hicieron el ADN, salió que era sangre de persona pero no de mi hermano (Mencho), no sé si es de algún hijo, de la mujer. Es un despelote. El primer tiempo me había enloquecido, era duro para nosotros. Había fallecido otro hermano, después falleció otro, que decía yo quiero ir donde está él. Yo le digo a mi sobrina que no sabemos dónde llevar flores”.
Luisa levanta la vista, y vuelve a apuntar sus sospechas sobre el patrón: “Yo lo demandaba directamente al viejo, porque ir no se fueron, porque estando la ropa tienen que estar en alguna parte. ¿Por qué quemó los colchones? El viejito Comas, que murió, estaba cuidando las cosas, Goette le hizo sacar todos los colchones afuera y le hizo prender fuego, y el viejito dijo que la pudrición que tenían los colchones era sangre podrida, no era de cucaracha. Y de ese piso sacaron sangre de la tierra, y vino el análisis que era sangre humana pero no se puede decir de quién, esa es la macana, y ahí quedamos”.
Entre las razones que se barajaron sobre esta hipótesis, Luisa sostiene una: “Mi hermano quería irse siempre, y el viejo no quería largarlo, lo tenía amenazado para que no se vaya, es la única forma. Le debía mucho y le tenía que largar toda la plata a la vez. Estaba cansado, porque el viejo le vendía la cosecha, no le daba plata, no le aumentaba, él se enfermaba y no tenía una mutual, no tenía nada, trabajaba matándose, y la verdad que desapareció y ni el diablo sabe dónde está”.
Así, con esa duda, con esa angustia, con la misma pregunta, Luisa termina cada frase, mira a un costado y regresa 12 años: “En Viale no me tomaron la denuncia porque el viejo no me daba los documentos, nos tuvimos que quedar hasta el otro día para ir a pedir los documentos, hicimos una exposición que fue a Nogoyá y ahí recién lo tomaron como denuncia. Bueno, fue la policía a recorrer el campo, pero qué, había humo, el viejo hizo un asado y los milicos ni recorrieron. Hicieron el festejo”. El caso Gill más que un misterio, con episodios como éste, es un emblema de la negligencia de parte de quienes debieron investigar.
“Pero es como dicen todos, el viejo la está purgando, porque está cada vez mas flaco, va todos los domingos a misa en Seguí, y se sienta a llorar, le está trabajando el marote. Claro, no sabe qué hacer ahora. Para matar a tantos, hay algunos que no matan una gallina”, reflexionó Luisa.
Ahora, recuerda otra prueba, por el lado de Norma: “Mi cuñada trabajaba en la escuela, y a la maestra le parecía raro, porque no iba a cocinar. Después fue el viejo y le dijo que Norma le dejó la llave de la garrafa porque se fue de paseo, la maestra dijo ‘me extraña, qué se va a ir de paseo si tiene el sueldo acá’. Ahora quedamos todos pensando donde están. El otro día hablábamos con mi otro hermano, cuando lo llevaba al médico, ‘y a dónde estará’ me dice, ‘qué sé yo’ le digo, nadie sabe nada”.
“A eso hay que dejarlo en el olvido. Verlos, no los vamos a ver más”, dice Luisa, pero sabe que lo primero es imposible, lo segundo tal vez sea la verdad.
El caso Gill, encajonado
Carina Gill, sobrina de Mencho, está más grande que cuando acompañaba a su tía a recorrer los medios y difundir el caso. En la familia es quien está a cargo de seguir el caso en la Justicia. “La causa sale a flote cuando se cumple un nuevo aniversario de la desaparición. Durante todo el año no se acuerdan. Díganme ‘se cerró la causa, no vamos a investigar mas’, sean sinceros. Ahora realmente no confío en la Justicia, no solo por la causa de mi tío sino por todo lo que veo día a día”, dijo.
Además, Carina afirma: “No estamos en una situación como para viajar de acá para allá. Se hace hasta donde se puede. No hay nada más que nosotros podamos averiguar de lo que pasó. No sabemos ni a dónde ir a llevarles una flor. Es horrible pasar Navidad y fin de año, más allá de que uno trata de pasarla lo mejor posible. La última vez que nos habíamos puesto en contacto con él había sido para pasar las fiestas”.
Y remató con la misma indignación por la inacción judicial: “Durante el año, los Gill están encajonados en algún escritorio”.
Puntos oscuros
* El 13 de enero de 2002 la familia fue vista con certeza por última vez. A mediados de marzo, Otto Gill, hermano del Mencho, intentó comunicarse con ellos, pero no hubo respuesta.
La causa fue caratulada al principio, por el juez Jorge Gallino, como Averiguación de paradero. El primer allanamiento que ordenó fue 18 meses después, el 10 de julio de 2003. Otro fue sucesivamente postergado por “inclemencias climáticas”: del 29 de julio de 2003 se pasó al 5 de agosto, y se pospuso para el 13 del mismo mes. “En el rastrillaje toda la gente del campo vio que no se hizo nada, que Alfonso Goette les carneó una vaquilla y les dio de comer a los policías y que los perros no participaron de la búsqueda”, relató Adelina Gallego, madre de Norma.
* Elvio Garzón fue el primer abogado de Otto Gill, quien tuvo varios altercados para poder constituirse como querellante. Los familiares afirmaron que no eran atendidos por el juez.
* El dueño de una gomería, José Haller, apareció como nuevo testigo: dijo que los vio cuando le llevó un Chevrolet Súper azul a reparar una rueda, y que le comentaron que viajaban a Corrientes. Sin embargo, todos sabían que los Gill no tenían vehículo y se manejaban en remís.
* El celular de la familia, de la empresa CTI continuó activado hasta abril de 2003, 15 meses más después de la desaparición. Los análisis de algunas pruebas levantadas en el lugar, como sangre o insectos que serían de la fauna cadavérica, no arrojaron resultados auspiciosos, porque el tiempo transcurrido lo impidió. (Fuente: Diario Uno)
A 12 años de la desaparición, continúa la búsqueda de la familia Gill
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Pasaron 12 años de la desaparición de la familia Gill. Luisa, hermana de Mencho, recordó la búsqueda y la angustiante espera. El caso fue un emblema de la negligencia policial y judicial.
Pasaron 12 años de la desaparición de la familia Gill.
En los primeros días de mayo del año 2002 Luisa Eva Gill, acompañada por Carina, su sobrina, se presentó con una carta en la mano. Quería hacer pública la desaparición de su hermano y su familia. Se trataba de Rubén José Gill, de 55 años de edad, su esposa, Margarita Norma Gallegos, de 26, y sus chicos María Ofelia de 12, Osvaldo José de 9, Sofía Margarita de 6 y Carlos Daniel de 2. Vivían y trabajaban como peones en un campo de Crucecitas Séptima, propiedad de Alfonso Goette. Fueron vistos por última vez en el velorio de un amigo, en la ciudad de Viale, el 13 de enero de 2002. Al día siguiente debían ir al entierro, pero nunca llegaron.
Ahora, 12 años después, Luisa Eva Gill se sienta debajo de los sauces en su casa de Paraná, y recuerda: “De ahí no los vieron más, después empezaron a ver que andaban las gallinas en el patio, todo, pero el viejo no avisaba nada, y el 3 de abril vino acá a ver si estaban de vacaciones”. El viejo es el patrón, Goette, el principal sospechoso según la familia Gill. “Pero si él no le daba vacaciones, y sacá la cuenta, no se va a tomar tres meses de vacaciones, que les daba 10 días, 15, y adentro”, cuenta Luisa. Hace una pausa, y afirma: “Es sabido que los hizo desaparecer él”.
En aquella carta de hace 12 años, Luisa contaba que estaba muy angustiada porque buscó por todos los lugares en que podían estar y las respuestas siempre fueron negativas. Casi lo mismo que cuenta ahora, entre los cachorros que se echan entre los pies y alguna gallina que pasea en la vereda: “Y de esa vuelta quedó todo ahí, no sabemos dónde ir a buscar, porque fuimos a Corrientes, a Córdoba, a los tambos, todo hemos recorrido. Mi primo agarraba la camioneta y se iba con mi hermano para todos lados, lugar que le decían que estaban ahí se iban”.
El hermano del que habla Luisa es Otto, quien no se cansó de recorrer y buscar, hasta su fallecimiento hace dos años: “Después mi hermano se enfermó, ya no se para qué lado disparar. Hicieron análisis de sangre, levantaron los pisos, hicieron el ADN, salió que era sangre de persona pero no de mi hermano (Mencho), no sé si es de algún hijo, de la mujer. Es un despelote. El primer tiempo me había enloquecido, era duro para nosotros. Había fallecido otro hermano, después falleció otro, que decía yo quiero ir donde está él. Yo le digo a mi sobrina que no sabemos dónde llevar flores”.
Luisa levanta la vista, y vuelve a apuntar sus sospechas sobre el patrón: “Yo lo demandaba directamente al viejo, porque ir no se fueron, porque estando la ropa tienen que estar en alguna parte. ¿Por qué quemó los colchones? El viejito Comas, que murió, estaba cuidando las cosas, Goette le hizo sacar todos los colchones afuera y le hizo prender fuego, y el viejito dijo que la pudrición que tenían los colchones era sangre podrida, no era de cucaracha. Y de ese piso sacaron sangre de la tierra, y vino el análisis que era sangre humana pero no se puede decir de quién, esa es la macana, y ahí quedamos”.
Entre las razones que se barajaron sobre esta hipótesis, Luisa sostiene una: “Mi hermano quería irse siempre, y el viejo no quería largarlo, lo tenía amenazado para que no se vaya, es la única forma. Le debía mucho y le tenía que largar toda la plata a la vez. Estaba cansado, porque el viejo le vendía la cosecha, no le daba plata, no le aumentaba, él se enfermaba y no tenía una mutual, no tenía nada, trabajaba matándose, y la verdad que desapareció y ni el diablo sabe dónde está”.
Así, con esa duda, con esa angustia, con la misma pregunta, Luisa termina cada frase, mira a un costado y regresa 12 años: “En Viale no me tomaron la denuncia porque el viejo no me daba los documentos, nos tuvimos que quedar hasta el otro día para ir a pedir los documentos, hicimos una exposición que fue a Nogoyá y ahí recién lo tomaron como denuncia. Bueno, fue la policía a recorrer el campo, pero qué, había humo, el viejo hizo un asado y los milicos ni recorrieron. Hicieron el festejo”. El caso Gill más que un misterio, con episodios como éste, es un emblema de la negligencia de parte de quienes debieron investigar.
“Pero es como dicen todos, el viejo la está purgando, porque está cada vez mas flaco, va todos los domingos a misa en Seguí, y se sienta a llorar, le está trabajando el marote. Claro, no sabe qué hacer ahora. Para matar a tantos, hay algunos que no matan una gallina”, reflexionó Luisa.
Ahora, recuerda otra prueba, por el lado de Norma: “Mi cuñada trabajaba en la escuela, y a la maestra le parecía raro, porque no iba a cocinar. Después fue el viejo y le dijo que Norma le dejó la llave de la garrafa porque se fue de paseo, la maestra dijo ‘me extraña, qué se va a ir de paseo si tiene el sueldo acá’. Ahora quedamos todos pensando donde están. El otro día hablábamos con mi otro hermano, cuando lo llevaba al médico, ‘y a dónde estará’ me dice, ‘qué sé yo’ le digo, nadie sabe nada”.
“A eso hay que dejarlo en el olvido. Verlos, no los vamos a ver más”, dice Luisa, pero sabe que lo primero es imposible, lo segundo tal vez sea la verdad.
El caso Gill, encajonado
Carina Gill, sobrina de Mencho, está más grande que cuando acompañaba a su tía a recorrer los medios y difundir el caso. En la familia es quien está a cargo de seguir el caso en la Justicia. “La causa sale a flote cuando se cumple un nuevo aniversario de la desaparición. Durante todo el año no se acuerdan. Díganme ‘se cerró la causa, no vamos a investigar mas’, sean sinceros. Ahora realmente no confío en la Justicia, no solo por la causa de mi tío sino por todo lo que veo día a día”, dijo.
Además, Carina afirma: “No estamos en una situación como para viajar de acá para allá. Se hace hasta donde se puede. No hay nada más que nosotros podamos averiguar de lo que pasó. No sabemos ni a dónde ir a llevarles una flor. Es horrible pasar Navidad y fin de año, más allá de que uno trata de pasarla lo mejor posible. La última vez que nos habíamos puesto en contacto con él había sido para pasar las fiestas”.
Y remató con la misma indignación por la inacción judicial: “Durante el año, los Gill están encajonados en algún escritorio”.
Puntos oscuros
* El 13 de enero de 2002 la familia fue vista con certeza por última vez. A mediados de marzo, Otto Gill, hermano del Mencho, intentó comunicarse con ellos, pero no hubo respuesta.
La causa fue caratulada al principio, por el juez Jorge Gallino, como Averiguación de paradero. El primer allanamiento que ordenó fue 18 meses después, el 10 de julio de 2003. Otro fue sucesivamente postergado por “inclemencias climáticas”: del 29 de julio de 2003 se pasó al 5 de agosto, y se pospuso para el 13 del mismo mes. “En el rastrillaje toda la gente del campo vio que no se hizo nada, que Alfonso Goette les carneó una vaquilla y les dio de comer a los policías y que los perros no participaron de la búsqueda”, relató Adelina Gallego, madre de Norma.
* Elvio Garzón fue el primer abogado de Otto Gill, quien tuvo varios altercados para poder constituirse como querellante. Los familiares afirmaron que no eran atendidos por el juez.
* El dueño de una gomería, José Haller, apareció como nuevo testigo: dijo que los vio cuando le llevó un Chevrolet Súper azul a reparar una rueda, y que le comentaron que viajaban a Corrientes. Sin embargo, todos sabían que los Gill no tenían vehículo y se manejaban en remís.
* El celular de la familia, de la empresa CTI continuó activado hasta abril de 2003, 15 meses más después de la desaparición. Los análisis de algunas pruebas levantadas en el lugar, como sangre o insectos que serían de la fauna cadavérica, no arrojaron resultados auspiciosos, porque el tiempo transcurrido lo impidió. (Fuente: Diario Uno)