La música inundó una noche refrescante en Villa Urquiza

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La Casa de Poeta de Entre Ríos, abrió la programación con pinturas y un documental. Reflexiones sobre el ensamble del arte, la naturaleza y la conciencia, con motivo de la inauguración de la temporada 2014, a tres años de la muerte del músico Miguel Ángel Martínez.

A tres años de la muerte del músico Miguel Ángel Martínez.

A tres años de la muerte del músico Miguel Ángel Martínez.

Ni calor ni lluvia: aire fresco. La apertura de Casa de Poeta en Villa Urquiza por quinto año consecutivo fue acompañada por un cielo cargado que dejaba asomar la luna de tanto en tanto, para que lucieran las pinturas de Gloria Montoya y el documental El Zurdo, de Claudia Regina Martínez.
Bajo el aguaribay, el jacarandá, el guayacán, el alcanforero que plantara el poeta hace algunas décadas, el encuentro se hizo amable como es siempre allí por naturaleza.
Actor y director, el anfitrión Mario Martínez supo lograr un clima amigable en la vivienda que habitaran el Polo y Porota, sus padres, y anunció un atractivo programa para los viernes de enero y febrero: los sikus y las quenas de Alfredo Arce con la guitarra de Oscar “Pato” Sosa este viernes 17; Rudi Flores y Ernesto Méndez a dúo en guitarras el 24; Carlos Aguirre con un despliegue de instrumentos y poesía el 31, y otras presentaciones comparables en el vuelo artístico durante febrero.

 

El otro lado de la línea
Invitados a presentar la movida, hicimos una semblanza de la película y de su directora, Claudia Regina Martínez, cineasta y periodista, basados en el encuentro en la isla Curupí, realizado hace pocas semanas, y que ya habíamos comentado en estas páginas y por eso no reiteraremos a nuestros lectores. Hay que ver ese documental, los propósitos de la directora están logrados y ese universo de serenidad y arte y compromiso es el que nos lleva a las siguientes reflexiones.
Como ocurre en estos casos, podríamos elegir varios ángulos para encarar el mismo asunto.
Seleccionamos uno, entonces, y dejamos todo lo demás para los artistas que pasan por el documental y para lo mucho que ha corrido la tinta en torno de Miguel Ángel Martínez y lo mucho que seguiremos mentando en nuestras ruedas de mate.
Diremos de entrada que para el pensamiento hegemónico, este encuentro literalmente no existe.
Casa de Poeta está del otro lado de la línea, diría Boaventura de Sousa Santos, el sociólogo que analiza el “pensamiento abismal”.
El pensamiento occidental no la puede comprender, y por lo tanto, la ningunea.
No ve la isla Curupí, no ve Casa de Poeta, no ve el mundo zurdeño, no ve ese universo que tan bien se expresa en la vida de Dominga Ayala, heredera de antiguos saberes de esta tierra. Minga parece fugazmente en el documental para escuchar “La barca encostada” de Polo y Miguel, y confirma que es así como cuentan, ni más ni menos, con la transparencia de su sonrisa.
Existe el partido Boca- Ríver, existe la discusión sobre el valor del dólar, existe incluso la inflación y vaya si existen las góndolas, los bancos. De este lado de la línea hay incluso debates, pero del otro lado, el pensamiento hegemónico no reconoce nada. Ni siquiera discute.


En frasco chico
Nosotros sabemos que existe el hogar de Polo y Porota, de la familia Martínez Bevilacqua, sabemos que es un “lugar”, que alguien fogonea esta rueda de mate.
Casa de Poeta es un lugar, y diremos más: ahí tenemos, en frasco chico, el Abya yala (América). Con los condimentos propios del litoral.
El estudioso Arturo Escobar rescata en un ensayo la importancia de lo que llamamos lugar. Habla del lugar en oposición a la globalización del capitalismo.
“Lugar” sería para el Zurdo Martínez una palabra bella. “Globalización capitalista”, un insulto. O como diría el historiador Fermín Chávez: globa, pelota, globalización, pelotudización.
Dice Escobar que la teoría social convencional ha restado importancia al lugar, al poner énfasis en la formación del capital y el Estado como hechos universales, y de esa manera hizo invisibles “formas subalternas de pensar y modalidades locales y regionales de configurar el mundo”.
Y sigue Arturo Escobar: “A diferencia de las construcciones modernas con su estricta separación entre el mundo biofísico, el humano y el supernatural, se entiende comúnmente que los modelos locales, en muchos contextos no occidentales, son concebidos como sustentados sobre vínculos de continuidad entre las tres esferas”.
Pensamos que ese mundo integrado, ese otro mundo que nos cuesta ver, no necesariamente debe construirse. No es una construcción. Tampoco es un invento, no depende tanto de nuestra creatividad aunque la creatividad siempre es bienvenida. Es un universo que nos llega de antaño y que nuestros ojos no pueden ver a veces porque fueron moldeados para que vean el mundo de este lado de la línea.
Qué difícil, entonces, para nosotros, poder abrevar de un río que en muchos casos se nos presenta extraño. El mundo de Dominga Ayala y Domingo Almada, los pescadores de Puerto Sánchez, ese mundo zurdeño, en cuyas orillas comulgan los poetas y pescadores, y que involucra a muchas personas y a muchas especies.


El zurdo como cuenca
Traigo estos párrafos para referirme al mundo zurdeño. No es sólo Miguel Ángel Martínez, no es el documental El Zurdo de Claudia Regina, no es Casa de Poeta, es todo eso y más.
Para comprender el mundo zurdeño no hay que sumar. Las cosas allí están ensambladas, en armonía, una potencia la otra, lo que en otros ámbitos llamamos sinergia, simbiosis.
Comprendemos el mundo zurdeño cuando tratamos de definir al Zurdo y vemos que se nos escapa. Vamos a decir: es un músico. Y eso solo no lo define. Miguel es un ecologista. Tampoco nos convence. Es un militante cultural. Menos.
Es un músico de fuerte raíz sudamericanista, consustanciado con la vida de las islas.
Sí, es cierto, pero nuestro esfuerzo cae en un reduccionismo.
Es lo que pasa con el paisaje: no podemos pegarle una carátula.
Todos vamos a coincidir aquí en que el nombre de Miguel Ángel está asociado a la guitarra. Eso es evidente. Sin embargo, a mí su figura se me presenta con un mate en la mano. Con lo que sabemos que significa la rueda de mate, su trascendencia.
Cuando vemos a una persona que sabe de música, estudia, interpreta el instrumento, canta, selecciona poemas y canciones; una persona que compone, tiene sensibilidad artística, y además es un obrero de costumbres criollas, ecologista, hondamente antiimperialista, rezongón contra la mediocridad y los atajos, canoero, con una casa sencilla en la calle Alsina que permanece con la puerta abierta, y otro paraíso en la isla, estamos en presencia de una personalidad definida. Ahora, ¿es Miguel Ángel un bicho raro?
Preferimos decir que es un oasis. Allí confluyen el Gualeguay de Yupanqui, el Uruguay de Sampayo y los Martí, el Paraguay y el Paraná de Ramón Ayala y el Chacho Muller y tantos otros ríos, y él dedica su vida a mostrar la naturaleza y la cultura criolla de este retazo del Abya yala.
Ahí nomás vemos en el Zurdo no un río sino una cuenca.
Esa imagen nos ayuda a comprender. Los grandes artistas mencionados cantan sus propios poemas, el Zurdo los muestra, los sostiene y nos alumbra el camino.
Pero ahí no termina la cosa. Porque en ese mundo zurdeño caben el conocimiento, la transparencia, la honestidad, la resistencia, el buen gusto, la solidaridad, la coherencia, la sangre caliente.
Es un mundo que el pensamiento hegemónico no puede ni quiere ver, pero contiene la naturaleza a pleno, el arte sin concesiones, la unidad de los pueblos, la unidad del hombre y el paisaje, el anticolonialismo militante. Y cuántas otras facetas que se nos escapan.
Ni hemos hablado del espíritu de servicio, del alerta sobre las vías insospechadas de la penetración imperialista, del culto de la amistad.
Dice el pensador entrerriano Fortunato Calderón Correa: “la amistad no es cosa de un día, ni el sustituto de nada más valioso: es la más alta relación humana posible”.
“Los estoicos –agrega-, la tenían en gran estima y la consideraban un vínculo ‘libre y lento’, idea de la que nosotros estamos lejos porque no somos libres y amamos demasiado la velocidad y la agitación”.
Está hablando de nosotros metidos en el modelo hegemónico, no de nosotros librados al flujo de las tradiciones de este continente, ese mundo que llamamos zurdeño, que nos facilita la mirada de cuenca, lo que otros llaman la ecología de saberes.
El mismo autor, Calderón Correa, vuelve al conocimiento de sí mismo como la finalidad última de la sabiduría. El “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.
¿No es este mundo que tratamos un lugar para la verdad? ¿No es un barbecho para que broten las semillas de ese universo que no es consumista, que no se mueve por el interés económico, que no se arrodilla al dinero, y que permanece callado, o a veces retumba, por encima de cambios circunstanciales como los de la política, que no alcanzan ni para la anécdota?

 

Lo atraviesa un río
En el documental de Claudia Regina recordamos que le preguntan a Miguel a quién le canta y el sintetiza: al pescador, al islero.
Para nosotros, es una respuesta de ocasión. El Zurdo le canta al islero pero como una estrella en el firmamento. Ese firmamento es el paisaje.
Y no estamos ante un sujeto “Zurdo” que le canta a un objeto “paisaje”: el Zurdo Martínez es el paisaje mismo, el paisaje que es uno solo y se expresa de mil maneras que no alcanzan a explicarlo entero. Lo atraviesa un río, diría Juan Ortiz.
Uno de esos modos de manifestación del paisaje es nuestro compañero. El paisaje contiene, amalgamados: el silencio, los trinos, la luna, el sol, los sauces, el Zurdo, los alisos, el curupí, la Madrugada del pescador, el pez, el pájaro, el viento, el Cielito de la provincia, La barca encostada, los ecos, el mate amargo, el Cumpa. En fin. Es el paisaje el que canta.
Y en esas confluencias vemos también que en Miguel Ángel florecen los pueblos antiguos de Abya yala, los gringos, los criollos, incluso en su sangre, y unas condiciones propias de este suelo que dan, con el temperamento, lo que llamamos un paisano redondo.

 

Costras de la invasión
Tratamos entonces de un mundo subalterno, un mundo en las grietas, pero ese mundo es nuestro centro, aunque muchos lo tengamos aún por descubrir, en veremos.
Para nosotros será “el mundo” el día que logremos cepillarnos las costras de la invasión que lleva 500 años.
El mundo zurdeño abreva en antiguas tradiciones, aunque sus miembros podamos a veces reconocerlo y la mayoría de veces no. La serenidad y el mate amargo en la serenidad y el arte no son compatibles con el pensamiento hegemónico que busca el triunfo, la fama, el estrellato, la acumulación de materiales, y en eso se gasta lo que el planeta no tiene.
Es la misma serenidad que en el pescador se llama paciencia, entereza, pensar para adentro, también con un mate. Dulce o amargo según los gustos, como se precia en el documental.
En una columna dedicada a Juan Sebastián Bach, “a la memoria del Zurdo Martínez que amaba a Bach”, Calderón Correa dice que la sabia música de Bach “nos pone en medio de un mundo donde todo es tranquilo y sencillo. Las dificultades no existen, la vida fluye con naturalidad. Cuando vemos pasar un río sentados a la orilla, la paz no se interrumpe con la idea de que el agua fluye con esfuerzo y podría detenerse. Nada nos sugiere esa idea, estamos ante una imagen de la eternidad y momentáneamente participamos de ella, somos eternos también nosotros”. Este párrafo nos ayuda a mostrar, no a un Zurdo con todas las respuestas, sino a un mundo que luce aceitados los caminos hacia las honduras y los encuentros.
En el mismo texto, Calderón nos trae una biografía de Bach en la que Forkel sugiere que Bach “consideraba la música como un lenguaje y al compositor, como un poeta”.
Así nos invitamos, todos sin excepción, a protagonizar este paisaje disfrutando el documental El Zurdo, una obra con poesía que lució bien bajo la fronda en Casa de Poeta.

 

La conciencia ¿está bien vista?
Podríamos observar que la posición clasista, en la que (como dice Miguel Martínez) estamos con el explotado y no con el explotador, está cruzada hoy por la sustentabilidad.
Los trabajadores, sí. Pero los trabajadores en armonía con la naturaleza. De lo contrario, ¿no será pan para hoy y hambre para mañana?
Pensar en el trabajador con sus allegados, sus hijos, sus nietos, puede comprender una intervención sustentable. Pero eso seguramente no alcanza. Convendría salirse, quizá, de la posición que ha ocupado el hombre (y decimos más “el hombre” que “la humanidad”, porque su principal actor ha sido el hombre, no la mujer); salirse, decimos, de esa posición de altanería , de superioridad sobre el resto de la biodiversidad, y abandonar los espacios ocupados, desalojarlos, para que la naturaleza se exprese, para que el paisaje nos incorpore, en lugar de aborrecernos.
Eso va para toda la humanidad. Sin distinciones.
Por eso, podemos imaginar que pronto el poder hegemónico se sentirá tan atacado por un ecologista o un artista decididos a no consumir porquerías y a combatir el sistema depredador, extractivista, como por un gremialista que exija recomposición salarial.
Porque si destinamos el sueldo a comprar las porquerías que nos ofrece la propaganda, terminamos alineados con lo que el capitalismo necesita: el consumo. En cambio, si el sueldo ingresa a un hogar austero que destina energías y fondos y lugares y tiempos a combatir el sistema depredador, a devolver al arte y la naturaleza su lugar, entonces el capitalismo se verá amenazado. Ni hablar si eso se multiplica.
El ambiente artístico, armonioso, de reflexión; la rueda de mate, el “lugar”, pasa entonces a ser un ámbito propicio para la conciencia. Y la conciencia ¿está bien vista por el régimen? (Fuente: Diario Uno)